Últimamente se oye hablar mucho de karma. "Todo lo que
te haces vuelve a ti". Es una ley de causa y efecto, por la cual
somos responsables de nuestras acciones y debemos atenernos a
sus consecuencias. Lo bueno genera buena energía y lo
malo genera mala energía. Aquellas religiones que creen
en la reencarnación entienden el karma como un aprendizaje
constante, consecuencia de las vidas pasadas y que va más
allá de la vida presente. Pero, sin ir tan lejos, las
religiones occidentales también tienen algunos postulados
que recuerdan el principio del karma. Son los que nos invitan
a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran
a nosotros y los que nos dicen que seremos recompensados por
nuestras buenas acciones y castigados por nuestras malas acciones.
En la cultura popular también podemos encontrar numerosos
refranes que hablan de lo mismo: "Quien siembra vientos recoge
tempestades", "Quien juega con fuego se quema".
Todos estos principios están tan grabados en la mente
de los seres humanos desde hace tanto tiempo que, instintivamente,
tendemos a esperar que los demás reaccionen como reaccionaríamos
nosotros ante una situación determinada. Por lo general,
nos cuesta imaginar que alguien pueda hacer algo que nosotros
seríamos incapaces de hacer. Nuestra cultura, nuestra
familia y los valores que vamos aprendiendo a lo largo de nuestra
vida construyen un repertorio de conductas aceptables en cada
momento, que habitualmente coinciden con las conductas que esperamos
de los demás. Cuando los otros reaccionan de otra manera,
con una conducta que nosotros consideramos no aceptable, nos
sentimos sorprendidos y desengañados. Con el tiempo, acabamos
por desconfiar de quienes habitualmente piensan que los otros
van a comportarse de una manera no correcta. ¿Por qué?
Pues porque si suelen pensar que los otros se comportarán
así, es porque en circunstancias similares ellos reaccionarían
de esa manera, con una conducta que nosotros consideramos incorrecta,
y confiar en ellos sería arriesgarnos a que se comportaran
así con nosotros.
Dentro de las tradiciones chinas y del Feng Shui también
se contemplan esas cosas. Cuando se celebran fiestas importantes,
como el año nuevo o una boda, tienen la costumbre de regalar
unos sobrecitos rojos con algo de dinero dentro y con símbolos
de salud, prosperidad y buena fortuna en el exterior. Al hacerlo,
por una parte expresan sus buenos deseos para los demás,
pero a la vez saben que solamente si dan podrán recibir.
Pero esas no son las únicas ocasiones en que se intercambian
sobres rojos. Se considera, por ejemplo, que trae mala suerte
recibir los consejos o sabiduría sin dar nada a cambio,
así que muchas veces un sobre rojo se usa para corresponder
a un buen consejo. Hay que decir también, que no solamente
se considera poco auspicioso recibir consejos sin dar nada a
cambio, sino que también trae mala suerte dar conocimientos
sin recibir nada a cambio. Al escribir sobre todo esto me ha
venido a la mente una imagen: la mesa del maestro, siempre con
una manzana que un alumno le había llevado. Hasta no hace
mucho, era habitual que la gente tuviera un detalle con maestros,
médicos y, en general, con aquellas personas que hacían
un buen trabajo. El detalle podía ser material, o podía
tratarse simplemente de un "gracias", un apretón de manos
o una sonrisa. Cada vez más sentimos que nuestro trabajo
no es valorado por los demás pero, al mismo tiempo, cada
vez nos cuesta más valorar y agradecer el trabajo de los
demás en su contacto diario con nosotros. Quizá deberíamos
empezar a plantearnos que las buenas energías deberían
empezar por las cosas pequeñas y cotidianas, y que a nadie
más que a nosotros corresponde iniciar ese ciclo, apreciando
y agradeciendo todo lo bueno que nos llega de los demás.
Recordemos que nuestras
vidas son la suma de la suerte del cielo, la suerte de la tierra
y la suerte que nosotros decidimos con nuestras acciones. La
primera está fuera de nuestro control y de
nuestro alcance, el Feng Shui puede contribuir a mejorar la segunda,
pero la tercera, la suerte del hombre, está en nuestras
manos y depende de nosotros.
Francesca
Verd - febrero 2008.
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